El Chaltén y yo

¿Qué puedo decir de El Chaltén que El Chaltén no pueda decir de mí?

Los viajes, cambiar, moverte, son puestas a prueba de tu propia existencia. Moverte implica acordarte que estás vivo. Porque no siempre te acordás, es más, diría que la mayoría del tiempo vivís por inercia y no porque seas realmente consciente que estás vivo.

Pero te movés y te acordás. Te das cuenta que la vida pasa independientemente de tus ganas de vivir o de darte cuenta. La vida pasa y vos estás y ambas cosas son independientes entre sí.

Pero un día te moviste. Un día te fuiste, llegaste a un lugar que no conocías, el viento seco te pegó en la cara y sentiste un aroma que no habías sentido nunca. Ahí te acordaste que estabas vivo.

El Chaltén

Un día llegué a El Chaltén. Se daba la gran casualidad que justo 5 personas (3 chilenos, un francés y un argentino) a las que había conocido y con las que había vivido 4 meses en el medio de la nada en Australia, iban a ir a la Patagonia. Cuando vivís viajando es probable que te vayas encontrando con las personas con las que viviste pero en general te encontrás de a una. ¿5 personas de un mismo grupo? Era demasiado para decir que no.

Todo se armó de un día para el otro y yo fui sin mucho más que sacar pasaje.

Yo no suelo vivir por inercia, pero sí soy de esas personas que no miden lo que hacen ni se preocupan mucho en planear. En especial cuando se trata de viajar. Y no porque sea una loca inconsciente, sino porque hace tantos años que viajo que ya aprendí a no planear. Porque planear a veces termina condicionándote tanto que en algunas ocaciones terminás decidiendo no viajar.

Llegué a El Chaltén sabiendo solo el nombre y que quedaba en la Patagonia.

Llegué a El Chaltén creyendo que la iba a pasar bárbaro solo porque me encontraba con mis amigos. Porque soy una fiel creyente de que los viajes son los viajeros y que no importa lo lindo, extravagante o feo que sea un lugar, porque tu experiencia y el lugar lo hacen las personas que conocés.

El Chaltén

Pero esto no aplica a El Chaltén. Bueno en realidad también aplica pero, básicamente, El Chaltén es por sí solo. No te pide permiso, ni se calienta en darte una buena impresión.

También creo que los viajes nos llegan distinto a todos. Depende lo que cada uno está buscando, qué tan abiertos estemos a aprender, a conocer, a internalizar lo que el paisaje, la gente y las experiencias nos quieren decir, pero honestamente me pregunto, ¿hay alguien que pueda ir a El Chaltén y no escuchar lo que El Chaltén tiene para decir decir? Porque El Chaltén no dice, El Chaltén te escupe en la cara.

Te cuenta verdades de tu vida, la naturaleza, la existencia en general. Te cuenta y vos escuchás atenta. Porque no te queda otra. No se puede no prestar atención a lo que El Chaltén te dice. Como ese profesor de la facu que te cae bien porque sabe de lo que habla, lo explica con pasión y sabés que es buena persona, pero le tenés tanto respeto (y por alguna razón, un poco de miedo) que no se te cruza por la cabeza dejar de prestar atención.

El Chaltén

Y El Chaltén también es como un amor platónico. De esos que cuando los tenés en frente y te hablan y te miran a los ojos te perdés. Te vas de tu cuerpo y entrás en trance. Te hacés consciente de la sangre que te corre por las venas, sabés que estás parada enfrente de este pibe, muy cerca, pero que está tan fuera de tu alcance que solo te podés dedicar a mirar y escuchar.

Cada vez que alguien me pregunta qué onda El Chaltén, yo solo cierro los ojos, me muerdo el labio inferior y niego con la cabeza. Es lo primero que me sale. Es como si me hubiese encamado con El Chaltén y me diera vergüenza contar los detalles.

En lo que va de mis años de viaje (este mes cumplo 5 :)) y los 14 países que visité (es que viajo lento, che) ningún lugar me hizo tan mierda como El Chaltén. Digo mierda en el buen sentido eh. Digo mierda porque me destrozó por dentro. Porque estuve 7 días y no me alcanzó. Y al mismo tiempo me alcanzó. Me alcanzó para que me revolviera las entrañas y me viera a mí misma diciendo, afirmando, en voz alta que “quiero vivir acá, no me quiero ir, me quiero quedar”.

El Chaltén

Y la gente me mira mientras me muerdo el labio y niego con los ojos cerrados y espera ansiosa que largue algún dato, que cuente alguna anécdota, que les confirme las sospechas.

Y yo solo digo que El Chaltén es de esos lugares a los que hay que ir. Nada de lo que yo diga importa…tenés que ir. Después hablamos.

A mí me gusta hablar de El Chaltén con la gente que ya fue. Como buscando ser parte de una secta oculta que se entiende sin hablar.

El otro día me crucé con una chica acá en Junín y me dijo “Ay pensé que era la única, para mí El Chaltén es mi lugar en el mundo”. Y ambas asentimos con los ojos cerrados mientras nos mordíamos el labio inferior.

El Chaltén

El Chaltén es ese chongo que todas compartimos y al que no le pedimos ni le requerimos exclusividad. Porque no se puede, no la necesitamos ni tampoco la podríamos tener.

El Chaltén está ahí y vos vas. Vas y te quedás, o vas y te vas, a El Chaltén no le importa.

En uno de mis tan pocos días en El Chaltén volvía al hostel donde me estaba quedando y en el patio había un chabón haciéndose unas rastas junto con otros dos pibes. Era de noche, hacía un frío de cagarse, pero escuché que hablaba de la montaña, entonces me acerqué. Tenía los ojos marrones claros y hablaba de la montaña con tanta pasión y respeto que me atrapó. Y me senté en la mesa y escuché, mientras me enamoraba. De él, de la vida, la naturaleza, el tiempo, ese instante.

El Chaltén

Resultó que el pibe era un rescatista voluntario que, entre otras cosas, había tenido que ir a buscar (con otros rescatistas) a personas que habían muerto en la montaña. Y habían tenido que cargarlas en camilla, caminando 6 horas sin parar por el medio de bosques, ríos, caminos de ripio. A veces solo eran personas lastimadas, lo que lo hacía un poco más fácil.

No me quería ir de ahí, de esa charla, de ese monólogo. No quería volver a una vida donde la gente habla día tras día de lo cara que está la cebolla en la verdulería de la esquina, de lo monótono de su trabajo, de lo mal que le cae el jefe, del vestido que se puso no sé quién en el casamiento de Tévez. Quiero una vida donde la gente hable con pasión de su día a día, que hable de la naturaleza con amor y se acuerde que está viviendo.

Y entre todo lo que este rescatista voluntario dijo yo solo me quedé con “hay que ir con respeto, porque la montaña no te regala nada”. Porque lo dijo, yo lo escuché y el corazón me latió descoordinado. Porque yo también pienso que la montaña no te regala nada. Ni la montaña, ni la vida, ni el tiempo. Son cosas que existen por su cuenta, que están ahí y transcurren y viven, independientemente de nosotros. No importa si las vemos, si las entendemos, si nos dignamos a apreciarlas. No son nuestras ni nos deben nada. Existen y tenemos que saber disfrutarlas con la misma intensidad que debemos respetarlas.

El Chaltén

El Chaltén se mostró ante mí, pero en realidad lo que más hizo fue revelarme a mí misma. Yo llegué a El Chaltén y El Chaltén se paró en frente mío con un espejo.

Vi paisajes que nunca había visto antes, escuché silencios tan pesados que me cortaban la respiración, el aire puro me limpió los pulmones y la crudeza de los picos nevados me hicieron sentir ínfima. Pero El Chaltén me hablaba de mí y mi vida.

El Chaltén me acercó a mi lugar en el mundo.

Hice la caminata del Pliegue Tumbado y cuando quedé sola en el medio del bosque y paralizada por el silencio me senté a llorar de felicidad. O de miedo. O de revelaciones que te aplastan y no te alcanza la cabeza para entenderlas ni el corazón para guardarlas. Cuando sentís que necesitás explotar porque todo lo que te está pasando no te entra en el cuerpo.

El Chaltén

El Chaltén me reveló el estilo de vida que quisiera mantener hasta que me muera y la clase de gente que necesito a mi lado. Gente que habla y ama la naturaleza con tanta pasión que los ojos les brillan y se desviven en monólogos apasionados sin que los ojos les pestanéen. Que pueden pasar horas hablando de los colores de los árboles en otoño, de la luna llena, de las estrellas y la fuerza con la que el río avanzaba esa tarde. Porque todos los días son distintos pero solo para aquellos que lo saben ver. Porque las cosas existen de por sí, pero nuestra realidad depende de nosotros.

También me di cuenta que el día que me asiente va a ser en la montaña, que el frío me gusta más que el calor, que las conversaciones tienen que ser profundas y que todos los días van a tener que vivirse como si fuesen el último.

En El Chaltén amé todos los días. Amé el celeste imposible de las lagunas, amé los perros gigantes de montaña, amé la vida y me amé a mí misma.

El Chaltén

En la cima de la caminata Laguna de los 3

Amé los silencios en el bosque, el frío a la mañana y a los extranjeros hablando en español.

Cuando me piden que les cuente sobre El Chaltén, niego, cierro los ojos, me muerdo el labio y termino hablando de mí misma.

Es que igual El Chaltén no necesita publicidad. El Chaltén está ahí y va a seguir estando, vayas o no.

Pero hacete un favor y andá. 

Y si te cruzás con la mitad de mi corazón, decile hola de mi parte y asegurale que ya le llevaré la otra mitad.

Comments

Comentaridijillos

  5 comments for “El Chaltén y yo

  1. Molle
    May 6, 2017 at 1:00 am

    Escribi mas o me voy al blog de al lado. Sizcate

  2. julian
    May 9, 2017 at 10:32 am

    que lindo escribis y te quedó este post!

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